João hablaba mucho. Le daba conversación cada mañana a sus vecinos saliendo de casa, al conductor del autobús que le llevaba a su trabajo, a cada persona que atendía a diario en la administración, a las mujeres de los puestos del mercado donde hacía la compra. A todo el mundo menos a Amelia. No sabía cómo decirle, no salían las palabras.

Un día cogió su máquina Olivetti y tecleó. Sacó con rabia varias hojas tras las primeras palabras sobreimpresas y las estrujó antes de meter la siguiente hoja en el carro de la máquina hasta dar con las palabras. Salió a la calle casi a media noche y buscó el lugar más adecuado. Allí, junto a la confitería donde cada mañana Amelia entraba a desayunar.

Durante días João esperó que Amelia le contase algo sobre aquel cartel que todos comentaban, pero no llegaba su reacción. Quizá João debió haber notado que Amelia siempre pasaba rápida las páginas del periódico y solo se entretenía en comentar alguna foto. Que jamás le dejó una nota desde que se conocieron y que en lugar de un libro siempre tejía en el largo trayecto en tranvía hasta su trabajo. Las palabras seguían esperando a Amelia, que no las descifraba…

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